El día 26 de abril de 2015 apareció, en el Diario El País, un
artículo (1), firmado por el popular divulgador científico Javier
Sampedro, con el
siguiente título: “la
otra evolución de las especies”.
El artículo, mediante una vaga referencia al reciente
artículo de Toby
Kiers y Stuart
West aparecido en la revista Science (en el cual se revisa el papel de la simbiosis sensu lato, es
decir, simbiosis entendida como unión corporal completa y entendida
como mutualismo o cooperación (2), como fuente de variación
biológica y generadora de nuevas especies), comienza con un
error que podría pasar desapercibido, pero que es fundamental desde un punto de vista histórico.
Sampedro escribe lo siguiente:
“Debemos a Darwin la noción de
una evolución basada en la lucha y el egoísmo, en la “naturaleza
roja en diente y garra” que cristalizó en el perdurable verso de
Tennyson”.
Sampedro
atribuye a Darwin esta interpretación sangrienta de la evolución
pero, como nos recuerda el gran Stephen
Jay Gould
(respetado paleontólogo malogrado en el 2002, pero también
respetado especialista en la vida y obra de Charles
Darwin):
“Darwin
presentó efectivamente una definición general, metafórica de la
lucha,pero sus ejemplos reales favorecían ciertamente la batalla
sangrienta” pero fue “el mismo discípulo de Darwin, Thomas
Henry Huxley,
el que propuso esta visión gladiatoria de la selección natural (…).
Huxley sostenía que el predominio de la contienda sangrienta definía
el comportamiento de la naturaleza como moral”
(3).
Es decir, la interpretación de la evolución como una “batalla
sangrienta” surgió cuando la teoría evolutiva y la ideología se
unieron más allá de los estereotipos inconscientes; se gestó al
pensar que la naturaleza humana estaba barnizada
de
esa violencia.
A tal extremo Darwin no llegó. Desde entonces, se estableció una
dicotomía en la práctica totalidad del mundo occidental. Se pensaba
que,
bien había que evitar como fuere que
la verdadera naturaleza humana violenta se mostrase
(liberales idealistas y algunos materialistas) construyendo un
determinado tipo de sociedad más o menos armoniosa, o bien, había
que dejar que la “selección natural moral” siguiera su curso y
que la élite más válida y capaz por naturaleza, se hiciera con el
dominio de esa sociedad para si (liberales realistas, reaccionarios y
protofascistas). Me gustaría dejar claro una cosa. Creo que Sampedro
liga a Darwin con esta versión “sangrienta” de la evolución, no
por malicia intrínseca (faltaría más), sino porque el paradigma
(cada vez menos) dominante de la biología evolutiva piensa
que
toda evolución se produce por un diferencial en la descendencia de
distintos individuos y,
que este diferencia, está siempre mediado
por la
competencia.
Ese paradigma lleva resquebrajándose más de veinte
años, y cada día quedan menos trozos. Desde que Kropotkin
propusiera la cooperación como addenda
a
la “lucha por la supervivencia de los más aptos”, hasta el
artículo que Sampedro nos presenta, existe una línea ininterrumpida
de evidencias que hacen, de la evolución, un proceso pluralista
donde intervienen numerosos factores y que, la importancia de cada
uno, se ha de evaluar en cada caso concreto
pero, todos ellos, constituyen motores evolutivos (competencia,
cooperación, simbiosis, contingencia, deriva, etc.).
Es, exactamente, lo que ocurre en toda ciencia histórica, como lo es
la evolución. Normalmente las explicaciones monistas caen con el
tiempo en favor de explicaciones
con múltiples factores en
juego.
Pero
vayamos al grano: ¿Es cierta la afirmación de que la naturaleza
humana es competitiva? ¿Es, realmente, la competición un sistema
superior a cualquier otro a la hora de proveer el mejor estado
posible a una sociedad (en particular) o un sistema dado (en
general)? Esta misma pregunta se la han planteado en los últimos
años muchos intelectuales (debido a la intensidad de la crisis
económica que padece el mundo occidental). Es una pregunta que,
desde que se implantó el neoliberalismo con el llamado “Consenso
de Washington” de 1975, y las pruebas previas llevadas acabo
salvajemente en 1973 por Milton
Freedman
y sus colaboradores, a través de la dictadura fascista de Augusto
Pinochet,
viene haciéndose cíclicamente mucha gente. En 1986, el prolífico
pedagogo y psicólogo Alfie
Kohn,
publicó la que es considerada su obra de referencia (4). En ella
ataca el núcleo empírico de la competencia como “el mejor sistema
posible y el más eficiente en el reparto de recursos”.
De
hecho, como Christian
Felber afirma
en su aclamada última obra:
“La
competencia es el método más eficaz que conocemos”,
escribe el premio
Nobel (nota
1) de Economía Fredercik August von Hayek. He intentado encontrar
los estudios empíricos
a través de los cuales Hayek llega a esta conclusión. Para mi
asombro, no los he encontrado. He buscado entre los trabajos de otros
economistas (…). Tampoco aquí he tenido éxito. Ninguno de los
economistas coronados con el premio
Nobel
ha demostrado jamás que la competencia sea el mejor método que
conocemos”(5).
Por
contra, Kohn si que basa sus conclusiones en estudios empíricos.
Kohn basa su crítica a la competencia en 3 mitos fundamentales que
se mantienen sobre la competencia en nuestras sociedades actuales: I)
La competencia es innata al ser humano, II) La competencia es
necesaria para una elevada productividad y la excelencia y III) La
competencia es el más eficiente sistema de reparto de recursos.
¿La
Competencia es innata al ser humano? Kohn demuestra como este
concepto es desconocido para múltiples culturas y sociedades
actuales o cercanas en nuestra historia o, en su caso, evitan la
competencia y fomentan la cooperación: esto ocurre en los pueblos
indígenas americanos, como los Zuñi, los Iroquois, los inuit, y en
grupos tan dispares a ellos como los son algunos grupos indígenas
Africanos, como los BaTonga de los Bantú, o algunas comunidades de
nueva creación como los Kibbutznik de Israel.
Para
apoyar esto, Kohn ha realizado múltiples experiencias empíricas.
Por ejemplo, las comunidades agrícolas mexicanas han tenido
históricamente que hacer frente a múltiples calamidades, tanto
ambientales, como políticas. El comportamiento que consiste en
evitar la competencia y fomentar la cooperación parece, también,
bastante arraigado en estas comunidades. Por ello, Kohn sometió a
niños mexicanos y norteamericanos a una sencilla prueba: aprender a
jugar a “juegos cooperativos” donde, para ganar todos, hay que
cooperar, y si esto no se hace, pierden todos. Los resultados son
espectaculares: los niños mexicanos, tras la explicación pertinente
del juego, no tuvieron ningún problema a la hora de desarrollarlo y
terminar en victoria comunitaria, en cambio, los niños
norteamericanos fueron, sistemáticamente, incapaces de jugar a este
juego cooperativo. Además, cuando el juego cooperativo no estaba en
marcha, se les dejaba jugar a su antojo con múltiples juguetes
disponibles. Los niños norteamericanos mostraron una elevada
tasa de robo de juguetes a sus compañeros (78%), no porque no
hubiera juguetes suficientes para todos, sino que, al
parecer,
su única motivación era la de
dejar al otro sin juguete. Esta tasa se reducía a la mitad en los
niños mexicanos. Estos resultados parecen sugerir un importante
componente social en el origen de la competencia. Otros estudios han
confirmado esto.
Gerald
Sagotsky
y colaboradores (6) intentaron comprobar si el comportamiento
cooperativo podía aprenderse con varias sesiones de entrenamiento y,
si esto era así, cuanto tiempo permanecía latente en el sujeto.
Para ello, entrenaron a diferentes grupos de niños en juegos
cooperativos durante varias semanas. Observaron que, con
posterioridad a estos entrenamientos, mantenían el comportamiento,
tanto dentro
del
juego, como fuera de él. ¡Empezaban
a usar la cooperación fuera de los ámbitos del juego! Observaron
que el mismo resultado se producía cuando realizaban los
experimentos con adultos.
¿Es
realmente la competencia el método más productivo? Son diversos los
estudios que cita aquí Kohn pero el más interesante, por su
generalidad, es el meta-estudio
que
realizaron David
W. Johnson
y Roger
Johnson
(7) y que, posteriormente, han revalidado y ampliado mucho en
sucesivos análisis.
En este meta-estudio
se analizaron 122 estudios realizados entre 1924 y 1980 sobre los
logros que conseguían los alumnos en clase. En 75 de
estos trabajos
encontraron que la cooperación en clase daba mejores resultados a
los alumnos que la practicaban frente
a aquellos que
practicaban la competencia, y en 36 que, tanto la cooperación como
la competencia, daban resultado equivalentes. En palabras del propio
Kohn, “tratar
de hacerlo bien o tratar de vencer a otros son cosas muy distintas”
y,
por tanto, produce resultados diferentes.
En
consecuencia,
¿Es realmente la competencia el mejor sistema en el reparto de
recursos? Para ilustrar mejor este punto, utilizaré un ensayo
reciente escrito por los ya veteranos investigadores del “MIT Media
Laboratory”, Henry
Lieberman
y Christopher
Fry,
en el que, utilizando la computación y el Dilema del Prisionero
iterativo (o repetitivo)
de Axelrod (1984) para explora y analizar los límites reales de la
competencia (8). Lieberman y Fry definen lo que ellos llaman el
“Teorema Fundamental del Capitalismo” o, por sus siglas en
inglés, FToC: “La
competencia individual se traduce en el bienestar de todos”,
la ya manida metáfora
de Adam
Smith
sobre la “mano invisible” que guiaría este proceso, desde la
competencia individual, hasta el bienestar colectivo.

Figura.
1. Resumen del dilema del prisionero favorable a la cooperación tal
y como lo propone Axelrod (1984 y referencia 8).
Primeramente
aclaremos algo sobre Teoría
de Juegos:
¿Qué
es el dilema del prisionero iterativo? En la Figura 1. Podemos ver un
esquema del Dilema del prisionero clásico desarrollado por Merrill
Flod
y Melvin
Dresher en
1950 para demostrar que la “mutua destrucción nuclear”, como
estrategia de guerra, era absurda. En este dilema clásico se plantea
el siguiente problema. Se
parte de una situación donde dos personas se encuentran detenidas e
incomunicadas. Se les presupone relación delictiva (de
ahí lo de prisionero).
Si uno de los presos colabora con sus captores, mientras que el otro
no lo hace, el que colabora se lleva una bonificación monetaria (en
la figura 1 es de 5$). Si ninguno de ellos coopera, ambos reciben una
bonificación que siempre es menos a que si ambos cooperan (en
nuestro caso 1$ y 3$ respectivamente). Si el dilema solo se repite
una vez, la competencia se establece:
tu
compañero de fechorías y tu competís por los 5$ que siempre será
mejor que cooperar (3$) o
no cooperar (1$).
Pero ¿Qué ocurre si tenemos que volver a cooperar? Si seguimos
compitiendo entre nosotros una y otra vez, resulta que ahora la
estrategia más beneficiosa para cada unos es, precisamente, la que
implica que hagamos lo mejora para el otro: cooperar (3$ frente a
2,5$ de promedio). Alguien podría alegar que el hecho de que la
cooperación funcione en este caso se debe, única y exclusivamente,
a que son 5$ la recompensa en caso de competir y no, por ejemplo,
10$. Efectivamente, si la diferencia entre competir y cooperar es
demasiado grande (por ejemplo, en la vida real, podemos vernos
impedidos a cooperar por razones de trabajo, impedimentos en la
comunicación, en el desplazamiento o, también, cuando los recursos
son muy escasos), la competencia se vuelve eficiente, pero cuando la
diferencia es baja (el coste de la comunicación se abarata que es,
precisamente, la tesis que sostienen Lieberman y Fry, los transportes
también, los recursos se vuelven más abundantes, etc.), la
cooperación es netamente superior a la competencia.
El
dilema del prisionero iterativo nos demuestra que, cuando se pueden
elegir estrategias a largo plazo, la cooperación tiende a ser más
eficiente.
Además,
hay que tener en cuenta que la motivación solo es eficiente en los
primeros procesos de esa estrategia a largo plazo. Es mucho más
difícil mantener esa motivación por la competencia que la
cooperación. Otros experimentos realizados por Alfie
Kohn en
1993 (9) demostraron que la motivación externa (es decir, aquella
que proviene mediante un estimulo externo, por ejemplo, una
retribución económica) tiene un marcado efecto muelle. En primera
instancia, estimula mucho la producción pero, seguidamente se
produce una bajada en la misma situándose se siempre por debajo de
los grupos control.
¿Estas
ideas tienen alguna importancia más allá de lo revolucionarias que
resultan dentro del mundo de la economía? ¿Pueden los seres vivos
regirse por estrategias cooperativistas a largo plazo? Hay que
recordar una cosa. La selección natural es ciega. Es decir, nadie
piensa en cooperar o competir, simplemente, se “selecciona” (se
queda) aquello que más descendencia deja. En ambientes con recursos
abundantes, podemos esperar que esto, efectivamente ocurra; que,
aleatoriamente, las poblaciones tengan individuos cooperantes y
competidores y que, por una simple razón matemática, los
cooperadores sean sistemáticamente más eficientes.
Esto
es lo que ocurre en la especie Octodon
degus
o degú, un roedor chileno fenotípicamente muy similar al ratón de
campo o al ratón casero europeo. Edgardo
E. Sánchez
y Mauricio
Canals (además
de otros colaboradores) acaban de demostrar que estos roedores se
reúnen en pequeños grupos cuando la temperatura ambiental baja
pero, no lo hacen a las directrices de un individuo dominante, como
por ejemplo ocurre en el gregarismo de las palomas, sino que no
existe, aparentemente, ninguna jerarquía (10). Son, en este aspecto,
similares al pingüino Emperador. Es decir, estos Degú están
ahorrando energía calórica, reuniéndose todos juntos, en lugar de
competir por un refugio.
Termino
con unas palabras de Lieberman y Fry:
“El
problema teórico de una estrategia óptima para el Dilema del
Prisionero iterativo, en general, aún no ha sido resuelto (…). Sin
embargo, ya tenemos el conocimiento suficiente para proponer
lecciones prácticas importantes para la sociedad”(8).
¿Sabremos
escucharlas?
NOTAS
- El Premio Nobel de Economía, como tal, no existe. Es un premio
entregado por el Banco Central de Suecia en el campo de las ciencias
económicas en memoria de Alfred Nobel. Se otorga desde 1969 y no
está financiado por la Fundación Nobel
(ver ref. 5, p. 269).
REFERENCIAS
- Sampedro, J. La
otra evolución de las especies. EL PAÍS,
26 de abril de 2015. - Kiers, E. Toby & West, Stuart
A. (2015). Evolving new organisms via symbiosis. Science
348(6233), 392-394. - Gould, S. J., & Ros, J.
(1993). “Brontosaurus” y la nalga del ministro:
reflexiones sobre historia natural. Crítica. p. 376 - Kohn, A. (1992). No contest:
The case against competition. Houghton Mifflin Harcourt. - Felber, C. (2012). La economía
del bien común. Barcelona, Grupo Planeta, Ediciones Deusto.
p. 37. - Sagotsky, G., Wood-Schneider,
M., Konop, M. (1981). Learning to cooperate: Effects of modeling and
direct instruction. Child Development, 1037-1042. - Johnson, R. T., & Johnson,
D. W. (1986). Cooperative
learning in the science classroom.
Science and Children, 24, 31-32. - Lieberman, H., & Fry, C.
(2015). Understanding
the Limits to Competitive Processes.
First Workshop on Computing within Limits, Irvine, CA. - Kohn, A. (1993). Why
Incentive Plans Cannot Work. Harvard
Business Review. 71(5), 54-63. - Sánchez, E. R., Solís, R.,
Torres-Contreras, H., & Canals, M. (2015). Self-organization in
the dynamics of huddling behavior in Octodon degus in two contrasting
seasons. Behavioral Ecology and Sociobiology, 69(5),
787-794.


