El conocido mito de Sísifo cuenta la historia del
que, según la mitología griega, fue el fundador de Éfira (conocida
actualmente como Corinto, de donde vienen esas uvas pasas pequeñas y
rojas). Sísifo fue puesto en el inframundo, por Ares, bajo custodia
del dios que lo gobernaba, Hades, debido a su avaro, pícaro y cruel
estilo de incrementar su riqueza y por encadenar injustamente a
Tánatos. Su picaresca le llevó a hacerle prometer a su mujer,
Mérope, que no realizaría el ritual habitual a los muertos cuando
alguien era llevado al inframundo para, ya en el inframundo, quejarse
de que Mérope no estaba cumpliendo con los deberes tradicionales y
que, por tanto, debía regresar al mundo de los vivos para castigarla
adecuadamente. Esto convenció a Hades y dejó volver a Sísifo al
mundo de los vivos para que castigara a Mérope. Una vez hecho esto,
debía volver pero, una vez más, Sísifo echó mano de su picaresca:
no castigó a su mujer y se negó a volver bajo la custodia de Hares.
Tuvo que ser Hermes, dios olímpico mensajero de las fronteras y los
viajeros que las cruzan, de los pastores, de los oradores, el ingenio
y del comercio en general, de la astucia de los ladrones y los
mentirosos, el que lo llevara a la fuerza al inframundo. Allí, fue
obligado a cumplir un castigo: empujar, una y otra vez, una piedra
por una ladera muy empinada. Cuando llegara arriba, la piedra caería
hasta abajo del todo y debería comenzar de nuevo.
Cuando uno reflexiona sobre esta historia
mitológica, no puede parar de encontrar paralelismos en la vida
cotidiana. Todos sabemos que nuestros actos llevan consecuencias y,
muchos de ellos, las llevan de por vida, sobre todo si nuestros actos
no han sido precisamente bondadosos (por ejemplo, podríamos
describir la realidad político-económica de la Grecia de hoy en día
mediante este mito) pero, en la naturaleza, también podemos observar
paralelismos con este mito. Por ejemplo, la mirmecocoria es un
tipo de dispersión de semillas de plantas bastante extendido
globalmente (desde el punto más septentrional y oriental de Eurasia
hasta Eurasia occidental y Australia) y que normalmente involucra a
un insecto (casi siempre algún tipo de hormiga) y a una planta. Las
hormigas, cuando encuentran las semillas, van cargándolas y
transportándolas hacia sus hormigueros para volver a por más ¿No
nos recuerda esto a Sísifo? Pero en la naturaleza nadie impone
castigos, al menos, sin contraparida. La relación interespecífica que involucra a 2 especies
que se benefician mutuamente de una relación sin que exista unión
física entre ambas (para distinguirla de la simbiosis) se denomina
mutualismo. Así que las “hormigas Sísifo” no están obedeciendo
a ningún tipo de castigo, sino que “algo les dará la planta”.
¿Qué les da? En este caso, las especies vegetales implicadas colocan un “regalo”;
un cuerpo nutritivo con elevado contenido graso adosado a la semilla
que recibe el nombre de eleosoma.
El transporte de cualquier tipo de semilla, por cualquier medio, por
parte de un animal, se denomina, de forma genérica, como zoocoria.
Por tanto, la mirmecocoria sería un tipo particular de zoocoria.
Toda relación mutualista necesita que ambos actores participen de
forma positiva en la relación. Es por ello que, científicamente, es
legítimo plantearse las siguientes preguntas para comprobar si
estamos, realmente, ante un ejemplo de mutualismo: ¿Presenta
algún efecto positivo sobre la hormiga la presencia de estos
eleosomas en la semilla?, es decir, ¿realmente estamos ante un
mutualismo o la planta “engaña” del alguna forma, atrayendo a
las hormigas con un rico eleosoma que, ciertamente, no compensa
energéticamente? Y por otro lado podemos plantearnos ¿qué ventajas
extrae la planta?
Gerriet Fokuhl y
colaboradores (1) estudiaron la mirmecocoria en hormigas pequeñas.
La mirmecocoria, normalmente, es más frecuente en especies grandes
de hormigas(género Formica
y Lasius
especialmente)
que
en especies pequeñas, y es fácil suponer porqué: el peso extra que
supone el eleosoma dificulta que las especies pequeñas de hormigas
saquen algo positivo del transporte de la semilla. Es por ello que,
al centrar el foco en las hormigas de tamaño pequeño, se obtendrá
una imagen más precisa (más fina si lo queremos) del equilibrio
existente entre compensa/No-compensa transportar la “carga de
Sísifo”. Los autores del estudio han escogido a una pequeña
hormiga europea, Temnothorax
crassispinus,
de distribución bastante reducida (solo se ha encontrado en Hungría,
Eslovenia y en las penínsulas itálica y helénica) que, entre otras, transporta las semillas de Chelidonium
majus,
una especie oriunda de Europa occidental que crece en tierras
nitrogenadas y antropizadas. Podemos decir que esta especie es prácticamente
cosmopolita: se ha extendido a América por la acción de los colonos
ingleses y está conquistando el mundo entero por su facilidad de
crecimiento. Pertenece a la familia de las papaveráceas y, como es
común en esta familia (el opio, o Papaver
somniferum
es el representante más conocido), es una planta productora de
alcaloides que la hacen tóxica al consumo en grandes cantidades,
pero de la que se pueden sacar numerosos principios activos con
funciones potenciales múltiples (la coptisina
tiene efecto citotóxico que explicaría, por ejemplo, su uso contra
las verrugas, la chelerythrina
que tiene acción anti-bacteriana sobre Staphylococcus
aureus o,
su principio activo principal, que es la chelidonina,
un inhibidor de varios enzimas presentes en el sistema nervioso de
los animales y que sería responsable de su efecto tóxico y sedante).
¿Cómo
comprobar empíricamente los aspectos positivos que obtiene cada
especie de la relación mutualista? Gerriet
Fokuhla y
colaboradores, de forma magistral, muestran el ABC del método
científico: La teoría debe ser operacionalizada
en conceptos medibles y comprobables. En este caso, la teoría es que
ambas especies deben de salir agraciadas de esta relación, pero
¿Cómo pasamos de la teoría a la práctica (operacionalizar)? Los
autores escogen como medida de “éxito mutualista” para la
papaverácea la “distancia media de dispersión de las semillas”.
Chelidonium majus
tendrá razones para producir eleosomas si la distancias media de
dispersión de las semillas se ve incrementada (la dispersión puede
verse como algo positivo porque, el hecho de que las semillas no
dispersen y queden todas cerca de la planta productora, a la larga
implica una competencia entre los individuos, menores tamaños de
planta y menor producción de semillas). Por el lado de la hormiga,
los autores interpretan que la mejor forma de ver como afecta los
eleosomas a su vida es, precisamente, medir el crecimiento de las
larvas alimentándolas con/sin eleosomas.
En la figura 1 podemos observar la importancia del
“fenómeno mirmecocórico” para la dispersión de las semillas de
la paparveácea. Se observa que las parcelas en las que se han
depositado semillas de la planta y existía presencia de la hormiga,
la dispersión era de decenas o centenares de centímetros (el
promedio dispersor es de 162cm), mientras que en las parcelas
control, sin presencia de la hormiga, apenas se dispersaban unos
cuantos centímetros (probablemente por efecto del viento o de la
remoción del terreno por parte de vertebrados). Es por ello que
parece que si existe una ventaja para la planta en la
dispersión de las semillas.

Fig.
1. Experimento de dispersión por mirmecocoria. Drch.) Semillas de C.
majus en parcelas
con T. crassispinus
Izq.) Semillas de C.
majus en parcelas
sin T. crassispinus
(los diferentes
símbolos corresponden a 8 repeticiones en 8 parcelas).

Fig.
2. A) Experimento de alimentación a las larvas hembra con (blanco) y
sin eleosomas (gris), B) Alimentación a larvas machos con (blanco) y
sin eleosomas (gris). 1-4 son veces que se alimenta al día con
eleosomas.
En la figura 2 se muestra que existe una
correlación positiva entre la producción de descendencia sexuada
(medida en peso seco de la pupas sexuadas, fase inmediatamente
anterior al adulto y en la cual se produce la metamorfosis completa
de la larva) y la alimentación con eleosomas. Concretamente
observaron que la producción de hembras, y el tamaño de las mismas,
es superior cuanto más se alimenta a esa larva con el eleosomas. Es
un efecto observado tanto para machos, como para hembras. En
definitiva, la producción poblacional de las hormigas se puede ver
incrementada por la alimentación con eleosomas.
Como vemos, es un caso de mutualismo de manual
¿Qué ocurriría si las hormigas no consiguieran alejar la semilla
lo suficiente o si la planta no cargara con suficiente alimento los
eleosomas? En eso consiste el mutualismo: si eres un tramposo y
rompes la relación con demasiado asiduidad, la relación mutualista
se viene abajo. Queda en manos del tiempo evolutivo ver si la
“decisión” beneficia a los tramposos.
Algunas otras conclusiones del trabajo son
interesantes. Los autores, apoyándose también en los resultados que
ofrece la figura 2, no encontraron razones para un efecto del
eleosoma sobre la diferenciación de castas (al contrario que ocurre
con la alimentación con jalea real en las colmenas de abejas). Sin
embargo, en colonias de laboratorio, y dando que parece que los
machos responden menos a esa alimentación por eleosomas, se observó
un cambio en el ratio de la descendencia hacia más hembras.
¿Esto podría tener importantes consecuencias a nivel ecológico y
evolutivo? Es un indicio solamente, pero parece que las zoocorias en
general son muy importantes para comprender muchas de las
adaptaciones presentes en la biota.
Por último los autores recuerdan que “un
eleosoma más grande no significa un eleosoma mejor”, si no que
hay que pararse a mirar la composición de los de cada especie porque
esta varía, y no todos son igualmente nutritivos: algunos poseen
hidratos de carbono, otros no poseen ácido oléico y linoléico (son
esenciales: producidos por Ulex minor y Ulex europaeus,
otros no poseen aminoácidos esenciales como), etc.
REFERENCIA
- Fokuhl, G. Heinze, J. & Poschlod, P. (2012). Myrmecochory by
small ants–Beneficial effects through elaiosome nutrition and seed
dispersal. Acta Oecologica, vol. 38, p. 71-76.


