LA TEORÍA CELULAR: ROBERT HOOKE Y EL NACIMIENTO DE UN CONCEPTO

regular | Fecha de publicación: 15 noviembre, 2015
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Figura
1. Esquema XI que aparece entre la página 114 y 115 del libro
Micrographia de Robert Hooke donde se
muestras los primeros “poros” o células descritas nunca
como unidades constituyentes de la materia viva.

La
historia de los descubrimientos sobre lo que hoy en día damos por
supuesto es una de las disciplinas más interesantes en las que uno
se puede sumergir. Proporciona una visión de la ciencia actual que,
difícilmente podría adquiriese de otra forma. Los conocimientos que
hoy damos por sentados fueron, en otros momentos, metas inalcanzables
o, simplemente, conceptos por inventar. Hoy vamos a hablar de unos de
esos conceptos y de el personaje que lo acuñó.

Cuando de una persona se dice que, “en cuanto a
su persona no era más que despreciable; muy retorcido”, podemos
esperarnos lo peor; esperar alguna historia sobre sociopatía o algún
trastorno de la personalidad y, quizá, estemos ante uno de esos
casos pero, como siempre ocurre cuando se habla de genios, ¿A qué
prestamos más atención? ¿A las muchas deficiencias sociales que
presentan muchos de los mejores científicos que ha dado a luz la
historia humana o a las genialidades y complicaciones de su
pensamiento? Obviamente, para tener
una completa comprensión de cómo se gesta en una persona
un determinado descubrimiento o, porque no, toda una teoría, hemos
de tener en cuenta todos los aspectos de su vida. Cuando hablamos de
Robert Hooke,
hablamos de uno de los
principales científicos del siglo
XVII. Y quien habla tan educadamente, y sin aflicción de Hooke, es
ni más ni menos que Richard Waller,
otro gran científico y uno de los físicos más importantes de ese
siglo responsable, entre otras cosas, de establecer el sistema
tradicional de coloración o RYB.

Así que, conozcamos un poco más a Robert Hoole.
Nace en 1635 en Freshwater, la capital de la pequeña isla británica
de Wight, situada en el canal de la mancha. Siendo un adolescente, y
gracias a los contactos de su acaudalada familia, consigue un puesto
en la escuela de Westminster, en Londres, que le permite instruirse
en el conocimiento de las lenguas clásicas, en música y en
matemáticas. Cuenta la leyenda que fue capaz de dominar los 6
primeros libros del elementos de
Euclides en
tan solo una semana. Esto ya estaría mostrando la tremenda
inteligencia queridos. Con 18 años, otra vez gracias a
la opulencia de su familia, y pese al fallecimiento de su padre,
consigue una plaza como corista en la Iglesia anglicana, que honra a
Cristo, de Oxford. Recibió una modesta dotación económica por el
puesto pero, pese a no permitirle un tren de vida acorde con el de su
familia, si que le pudo vivir acomodadamente y no depender de nadie
para sus estudios. Allí, en Oxford, pudo empaparse del ambiente
reactivo de la época; un tiempo en el que la Royal Society
estaba en estado embrionario, y un lugar (Oxford) donde la mayoría
de sus fundadores se formaron y a los cuales, Robert
Hooke
, tuvo la
oportunidad de conocer y, con su vivaz naturaleza, motivarse para
emprender actividades científicas. Durante sus estudios, conoció al
químico ya mítico Robert
Boyle
,
contribuyendo a los propios estudios de Boyle y perfeccionando la
bomba de aire que pocos años antes había inventado Otto
Guericke
y
que permitió a Guericke, a Boyle y a los físicos que vinieron
posteriormente, realizar los primeros experimentos con el vacío y
seguir expandiendo los conceptos de presión y materia.

En
1662 Robert Hooke accedió
al puesto de procurador
de experimentos

de la recién fundada Royal
Society
;
uno de los puestos que, con posterioridad, más prestigio daría a
quien lo ocupara pero que, en aquel momento, se parecía más a un
puesto de becario que a un investigador con todo el prestigio debido.
El se encargaba de los experimentos que, semanalmente, realizaba la
sociedad para sus socios y público
selecto. Este puesto le permitió vivir en el Gresham
College
,
manteniéndose cerca de los contactos científicos adecuados que
hicieron posible que, en 1665, fuera nombrado profesor
de Geometría en Oxford, pasando a ser el encargado de las
observaciones astronómicas. Cuando
su fama se incrementó, tras la publicación de  Micrographia
(1665),
logró
alcanzar
en 1677, el puesto de secretario de la Royal
Society.
A
lo largo de casi 40 años, sus estudios abarcaron una amplia variedad
de Filosofía Natural. Hooke sugirió una teoría ondulatoria de la
luz en su Micrographia,
comparando la propagación de vibraciones de luz a la de las ondas en
el agua, sugirió en 1672 que las vibraciones en la luz podrían ser
perpendicular a la dirección de propagación, investigó la
naturaleza de los colores de forma contemporánea a Newton y se
estableció la variación del patrón de luz con el espesor de las
placas. Además realizó importantísimas contribuciones en el
ámbito de la Historia natural, y es precisamente de este aspecto del
que más nos interesa hablar.

En
su obra Micrographia
encontramos
preciosos dibujos sobre todos los órdenes de artrópodos (libélulas,
pulgas, escarabajos, mariposas, etc.), estudios detallados de la
anatomía del ojo, tanto de insectos, como de invertebrados,
nematodos,
larvas, aparato bucal de artrópodos (picador-chupador,
lamedor-chupador, etc.) y dibujos detallados de vegetales (frutos,
hojas y corteza). Precisamente, en una de sus micrografías que
aparece entre la página 114 y 115, en el esquema XI, es donde Robert
Hooke
dibuja
lo que parecen pequeños compartimentos en un corte fino de corteza
vegetal
y,
en la página previa, es donde termina llamando a esos pequeños
compartimentos, células.
Dice:

Estos poros, o células, no son muy profundos. Consisten en un
gran número de pequeñas cajas que dividen cada una de las largas
líneas de las que se compone la hoja –por ciertos diafragmas– ,
como es visible en la figura B
[ver
figura 1] (1).

Y Hooke,
continúa hablando de estos “poros” o células, diciendo que es
la primera vez que los ve, que lo costaban mucho de distinguir y que,
según sus conocimientos, nadie antes los había visto:

Apenas
los distingo. Son, de hecho, los primeros
poros microscópicos que he visto, y tal vez
sean los
primeros
jamás vistos porque yo no he conocido
a ningún escritor o persona que haya
hecho mención de ellos antes
(1).

Hooke se
da cuenta de la importancia de su hallazgo, pero no se queda solo en
la descripción pura y dura. Atisba la importancia de su
descubrimiento al decir que este corcho que el estudia está
constituido por millones de estas células. Llega incluso a calcular
cuantos millones de células por pulgada cuadrada hay en la muestra
que está observando. Y se atreve a insinuar cual puede ser la
función de estas estructuras:

[…]
qué curiosidades tan prodigiosas son las obras de la naturaleza, que
incluso estos poros conspicuos presentes en los cuerpos
[vegetales],
parecen ser los canales o tuberías por las que los jugos naturales
de los vegetales se transportan, y parecen corresponder a las venas,
arterias y otros recipientes en criaturas sensibles; que estos poros
que digo, que parecen ser los vasijas de la nutrición para el cuerpo
en el mundo, son sin embargo tan pequeños que superan a los átomos
que Epicuro.

No solo las células eran el constituyente
principal de los vegetales (realmente esta hipótesis fue demostrada
por Matthias Schleiden en 1838, pero Hooke no fue sino
uno de sus precursores históricos), sino que además podían tener
funciones similares a los vasos sanguíneos en los animales. Aunque
pronto esta hipótesis fue demostrada falsa, no debemos juzgar las
ideas desde el punto de vista actual, sino que deben estar
contextualizadas en su contexto histórico y cronológico y valorarse
en ese contexto. Hooke tuvo una intuición no demasiado
desencaminada. Hay células vegetales especializadas en el transporte
de sustancias nutricias a través de las plantas. Los que no podía
llegar a intuir Hooke es que los animales también tenemos
este tipo de celdillas y que son nuestros ladrillos principales (esto
fue hipotetizado y demostrado por Theodor
Schwann
en
1839).

Hooke continuó
investigando hasta el final de sus días. Falleció
en Londres, en 1703 a causa de unas fiebres.

REFERENCIAS

  1. Hooke, Robert (1665). Micrographia, pág.
    114. Disponible en
    facsimil online
    http://lhldigital.lindahall.org/cdm/ref/collection/nat_hist/id/0