
Todos hemos oído hablar de
que una de las características morfológicas que más varía en las
aves es el pico. Podemos encontrarnos con picos finos, picos gruesos,
cortos, largos; picos curvados hacia arriba o hacia abajo, curvados
lateralmente o picos donde, cada mandíbula, se tuerce hacia un lado.
El ejemplo más estudiado de la literatura biológica, en lo que se
refiere a la variación morfológica de los picos, es el conocido
caso de “Los
Pinzones de Darwin”:
15 espécies de paseriformes fringílidos (actualmente clasificadas
en 4 géneros distintos, Geospiza,
Camarhynchus,
Cactornis
y
Certhide),
diferentes de los fringílidos europeos como el verderón, jilgueros,
o caverneras (género Fringilla),
y que constituyen, los 15 “Pinzones
de Darwin”,
un único linajes evolutivo (1).
Vamos a
entrar directamente al grano: ¿por qué las aves presentan
diferentes morfologías de pico? La respuesta es sencilla, pero nos
va a permitir plantearnos cuestiones de mayor calado:
la relación existente entre la morfología del pico y los recursos
alimenticios a los que un ave puede acceder parece ser un motor
evolutiva de primera. En otras palabras: no es lo mismo comer ricos
manjares anélidianos escondidos bajo tierra, que romper el mesocarpo
de una dura avellana o comer plancton. El ejemplo de los “Pinzones
de Darwin”
muestra a la perfección este principio biológico. Para la deducción
de este principio, partimos de los siguientes axiomas: I) La
selección natural provocará supervivencia diferencial entre las
morfologías de pico que menos aportes energéticos permitan obtener
al ave ¿Os imagináis al “ánade real” intentando comer plancton
con un pico delgado y endeble al estilo del “mosquitero común”?
II) La morfología del pico puede analizarse bajo un prisma
funcional, es decir, tanto la forma, como la longitud y la amplitud,
no permite estimar las fuerzas que pueden soportar estas estructuras.
En serio, no te gustaría nada que te diera un picotazo un “pico
gordo”. Por último, III) de esta forma, podemos intentar inferir
que tipo de alimentación, preferentemente, pueden obtener con esos
picos.
¿Tener
un pico con una morfología específica determina el tipo de comida
de la que se puede alimentar un ave? Ya sabéis que el determinismo
lleva a pocos lugares seguros y un par de ellos suelen ser el
dogmatismo y el error. Hemos hablado del “mosquitero común”, un
ave residente todo el años en la mayor parte de la península
ibérica, muy pequeña (las tres cuartas partes de un “gorrión
común”) y que tiene un pico mucho más endeble que el del gorrión.
¿Qué comerá esta gente? Como su propio nombre indica, se alimenta
de artrópodos, fundamentalmente dípteros que puede entrampar
gracias a su pico fino: menos superficie permite ser mucho más
preciso ¿Podría un “cuervo” alimentarse de mosquitos? ¿Podría
un “mosquitero común” alimentarse de semillas duras? El pico de
ambos es completamente diferente, y aquí
viene lo importante, es diferente porque, en épocas difíciles, ser
mejor en algo marca las diferencias.
El “mosquitero común”, cuando las semillas más blandas se han
acabado, solo
podrá sobrevivir si caza dípteros cosa que, por ejemplo, un
“gorrión común” no podría hacer. Entonces, nos podríamos
preguntar:
¿Podríamos prever, a partir del conocimiento de los recursos
presentes en un área, y teniendo en cuenta la estación del año (y
cómo es esa estación en concreto en ese año), la composición
ornitológica de esa área? ¿Se ha hecho algún estudio al respecto?
He estado revisando alguna
bibliografía clásica y he observado que, para intentar abordar un
problema de conjunto como este, y al contrario que ocurre en muchas
disciplinas biológicas, los diversos estudiosos han comenzado por
intentar identificar los grandes patrones que sigue la distribución
de las aves en función de variables medioambientales (que determinan
en cierta forma la productividad de la zona) y de variables
relacionadas con el tamaño vegetal (muy relacionadas con la
productividad, pero también con otras variables como la posibilidad
de encontrar refugios, lugares adecuados para la nidificación,
etcétera). Estas grandes asociaciones estadísticas entre ambiente,
producción y performance
biológica (cómo usan, en este caso, los picos las aves) han
permitido trazar las guías generales y afinar, para cada especie, el
óptimo de recursos. De este modo los ecólogos y ornitólogos han
podido inferir para muchas especies, por ejemplo, a partir de qué
cuantía de recursos un ave hiberna, o no, en un determinado lugar.
Este objetivo no se ha completado, todavía, para todas las aves (y
será complicado hacerlo más allá de ciertas hipótesis generales)
pero sí se a avanzado más en la consolidación y verificación de
los patrones generales observados. Veamos algunos ejemplos:

Figura
1. Relaciones obtenidas por
Santos
y Tellería
(1985) entre la Diversidad (H’), la Temperatura (T) y el biotopo
(Matorral y Bosque). Tendencias
según densidad poblacional (D) y la diversidad (H’) en 5 pisos
bioclimáticos presentes en la península Ibérica (Eurosiberiano,
Supramediterráneo, mesomediterráneo continental, mesomediterráneo
oceánico y termomediterráneo) las temperaturas corresponden a la
media de las temperaturas medias de los pisos climáticos.
Santos y Tellería,
en 1985, analizaron los patrones de distribución de los paseriformes
en la península Ibérica bajo el prisma de las 2 variables citadas
anteriormente: medioambiente (concretamente
temperatura) y tamaño vegetal (2).
Estos autores afirman que los paseriformes pueden representar un caso
general de los patrones que podríamos observar en el resto de aves,
dada su diversidad (tanto específica o en número de especies, como
de hábitats). En su trabajo encuentran una relación entre la
composición de la comunidad de paseriformes en las áreas que
estudiaron (representadas por su densidad poblacional “D” y su
diversidad “H”) y la temperatura del área en cuestión, así
como una variación significativa en función de la vegetación (ver
Figuras 1 y 2).
Esto ya indica un primer
nivel de aproximación, que si bien no determina qué especie, A o B,
de paseriforme nos encontraremos según que temperatura o biotopo, si
nos ayudaría a predecir o inferir
biodiversidad y densidades poblacionales a
gran escala
en función de estas
2 variables: Temperatura
y Tipo de vegetación.

Figura
2. Los coeficientes de correlación obtenidos por Santos y
Tellería (1985) para la densidad poblacional (D) y para la
temperatura (T) en los tres grupos comunitarios estudiados por los
autores: bosques (punto negro), matorral (punto blanco) y cultivos
(asterisco negro).
La bibliografía algo más
reciente destaca otra variable que
podría explicar la variación poblacional de las
aves en una determinada zona. Como
asegura Herrera
(3), se
trata de la variación que se produce en
la producción de frutos
(Figura 3). Obviamente, este factor
solo
afectaría a aquellas aves
que basan, de forma más o menos importante, su dieta en los frutos.
Como el propio Herrera
indica:
“Las
variaciones estacionales en la abundancia
y/o importancia relativa de los pájaros frugívoros que se producen
en una determinada localidad están también relacionados con
fluctuaciones estacionales en la disponibilidad local de frutos”.
Otros autores han intentado
ir un poco más allá de la relación existente entre un grupo de
aves y el medio que les rodea, y han intentado establecer relaciones
entre diferentes formas de performance
(formas
de usar una determinada parte del cuerpo, por ejemplo, el pico)
y el medio, llegando a establecer
grupos funcionales de aves que
pueden responder como un conjunto ante cambios del ambiente. Por
ejemplo, Canterbury
y
colaboradores (4),
se han planteado
unir grandes grupos de aves según cómo realizaban determinadas
funciones vitales (la performance
de la que hemos hablado más arriba).
Propusieron unirlos en función de cómo realizaban el nido (eso los
unificaría en torno al recurso que utilizan para elaborarlo), en
función de qué se alimentan preferentemente, y en función de qué
tipo de hábitat utilizan preferentemente. Sus observaciones les
llevaron a concluir que esta última era la mejor clasificación ya
que había una elevada probabilidad de encontrar a una especie
definida, por ejemplo, como de matorral, en un hábitat como este, y
muy pocas probabilidades de encontrarla en un bosque maduro. Esto
iría en la línea de lo ya estudiado por Santos
y Tellería,
pero es más general. Tenemos un grupo de aves relacionadas según el
tipo de hábitat, y por tanto, podemos
conocer los grupos de aves predominantes en una determinada región.
Hasta tal punto están relacionadas
ambas variables (grupo funcional de
aves y ambiente)
que Canterbury
y sus colaboradores
han podido correlacionar índices de biodiversidad aviar e índices
de biodiversidad vegetal, así como variables importantes que definen
una determinada comunidad vegetal; por ejemplo, el área que un
árbol/matorral consigue cubrir con su follaje. Estamos
alcanzado un conocimiento que, si se nos permite la analogía, se
asemejaría a conocer los indicadores macroeconómicos de un país
para estimar su estado y evolución.

Figura
3. La importancia de los frutos como variable a tener en cuenta para
prever distribuciones ya abundancias, según Herrera (2004).
Podemos concluir con está
brevísima revisión bibliográfica con
las siguientes ideas:
- Es
posible reconocer patrones de distribución aviar en función de
factores del hábitat de una zona. La tarea es compleja. Parece que
se ha de huir de intentar unir los recursos disponibles en una zona
con la dieta de una determinada ave porque ,precisamente, estos las
aves presentan una
gran plasticidad fenotípica respecto a este carácter (Canterbury y
colaboradores no obtenían un correlación significativa entre ambas
variables). - Sin embargo, otros
trabajos como el de Andreas J.
Helbig, que se enmarca en una
visión más determinista del comportamiento migratorio, ha mostrado
que en el corto espacio de tiempo, la migración si parece tener un
componente genético, obteniéndose que la descendencia de dos
poblaciones de curruca capirotada (Sylvia
atricapilla) con orientaciones
migratorias completamente opuestas, tiene una dirección migracional
preferente intermedia entre las dos poblaciones progenitoras que se
cruzaron (5).
Pese a ello, parece que son
mucho más importantes otro tipo de recursos a la hora de que un ave
tome la decisión de permanecer en un determinado hábitat. Podemos
aventurarnos a conjeturar que, quizá lo que más determine la
situación geográfica de un ave, sea aquello que sea menos variable
fenotípicamente en una población. Ya hemos dicho que la
alimentación parece ser bastante flexible. Por tanto sería un
factor necesario, pero no suficiente para explicar la distribución.
En cambio, podríamos imaginar que algo tan básico como la búsqueda
de refugio ante depredadores, puede ser mucho más general en un
mismo grupo funcional. ¿Se ha de abandonar la búsqueda de una
generalidad a partir del comportamiento de cada especie? Quizá
extraer correlaciones entre grandes grupos funcionales de aves y
algunas variables que sean definitorias del hábitat será lo máximo
a lo que podemos aspirar.
REFERENCIAS
- Sato, Akie, et al. “On
the origin of Darwin’s finches.” Molecular
Biology and Evolution 18.3 (2001):
299-311. - Santos, T.; Tellería,
J. L.. (1985) Patrones generales de la distribución invernal de
passeriformes en la Península Ibérica. Ardeola,
vol. 32, no 1, p. 17-30. - Herrera, C. M., et al. (2004) Ecología de
los pájaros frugívoros ibéricos. - Canterbury, G. E., et al. (2000) Bird
communities and habitat as ecological indicators of forest condition
in regional monitoring. Conservation Biology, vol. 14,
no 2, p. 544-555. - Helbig, A. J. (1991)
Inheritance of migratory direction in a bird species: a
cross-breeding experiment with SE-and SW-migrating blackcaps (Sylvia
atricapilla). Behavioral Ecology and
Sociobiology, vol. 28, no 1, p. 9-12.


