Cuando
miramos el mundo, lo vemos a través de nuestros ojos. Éstos actúan
de intermediarios: reciben, enfocan y transmiten la información
fotónica del mundo a nuestra corteza occipital que, tras otras
sucesivas interpretaciones neurales, hace que la luz se haga visible
a nosotros; que seamos conscientes de que vemos. Al igual que los
ojos tienen cristalinos que le permiten esa función intermediaria de
enfoque de la realidad, los otros sentidos que nos ayudan a percibir
la realidad tienen “enfocadores”: el tímpano para el oído,
la mucosa amarilla para el olfato, la saliva para el gusto o la
epidermis para el tacto. Pese a este hecho conocido por todos, poco
se habla sobre los “enfocadores” lingüísticos (que deberían
también ser bien evidentes) que hacen de intermediarios en nuestra
comprensión de la realidad que nos rodea. Estamos hablando de los
conceptos.
¿Qué es un
tenedor? ¿Qué es un elefante? ¿Qué es una tribu? ¿Qué es una
ideología? ¿Qué es la ciencia? Como vemos inmediatamente, hay
respuestas a estas preguntas más inmediatas que otras. Pero también,
lo primero que debería ser evidente a simple vista, es que las
respuestas a estas preguntas están influenciadas por, al menos, dos
factores: el primero, el tiempo, hace que las respuestas cambien a lo
largo del tiempo dentro de un mismo contexto y, el segundo factor es,
precisamente, el contexto (la sociedad, el momento histórico, el
idioma, etc.) donde se crea o evoluciona un determinado concepto. En
realidad estamos hablando de dos factores completamente
interconectados porque, con el tiempo, también cambian las
sociedades y, por tanto, en cada caso concreto de cada concepto, al
estudiar su evolución y desarrollo, habrá que determinar qué ha
sido más importante, si el cambio de la sociedad, o el paso del
tiempo. Haciendo un símil biólógico, podríamos decir que, para
comprender la evolución de una determinada especie, podríamos estar
interesados en estudiar si fue el medio ambiente el que cambió y
“forzó” de esta manera, a la selección natural, en una
determinada dirección o si, por otro lado, fue más la acumulación
aleatoria (en este caso) de mutaciones lo que provocó el cambio de
la especie. Sociedad y/o tiempo.
Son infinitos
los ejemplos que se pueden citar para mostrar este proceso que parece
natural en la humanidad: la creación de conceptos y la discusión
sobre su propia naturaleza y, a partir de ahí, la construcción de
diferentes identidades, hipótesis y cuerpos teóricos. En el caso de
la biología podríamos comentar brevemente dos ejemplos: el concepto
de especie y el concepto de evolución.
A
finales del siglo XVIII, principios del XIX, la noción de evolución
biológica era muy distinta a la que se empezaría a desarrollar con
las ideas de Charles
Darwin y Russell
Wallace. La biota
cambiaba de forma, pero no había un mecanismo que explicara ese
cambia y, por lo demás, los distintos autores se dedicaban a
especular sobre cómo podría producirse ese cambio. Una idea muy
extendida era que lo que hacía durante la vida un organismo influía,
de una manera al menos parcial, a su descendecia. Esto, lo que hacía,
era mejorar por un lado la especie, y por el otro adaptaba a los
individuos a los cambios medioambientales. Esta idea fue recogida por
el barón de Lamarck, más conocido como Jean
Baptiste Lamarck,
en
su obra más conocida, Philosophie
zoologique, denominándolo
herencia
de los caracteres adquiridos.
Además,
Lamarck incluía otra idea muy aceptada por los estudiosos de la
época sobre el motor de ese cambio : existía una fuerza vital
en la vida que les empujaba a mejorar.
En
resumidas cuentas,
el concepto de evolución de la época fue recogido en una obra que
pasó a la historia solamente para que la nueva síntesis biológica
de los años 50 del siglo XX pudiera ridiculizarla y simplificarla
(un claro ejeplo de falacia del “hombre de paja”) y
demostrar la increíble superioridad de su nuevo concepto de
evolución, a saber, cambio en las frecuencias génicas de una
población. El error de este tipo de actitudes es doble: por un lado
se ignora una figura importante de la historia de la ciencia que, lo
único que hacía en su obra, era recoger el pensamiento generalizado
en aquella época y, por tanto, al ignorarla, nos perdemos una forma
de ver la realidad ¿O no sigue costando, a cualquier biólogo,
llamar a las mutaciones producidas en las líneas germinales y/o
células somáticas de un organismo, que van a dar lugar a nuevos
organismos, por reproducción sexulas y/o asexual, herencia de
caracteres adquiridos? Es, simple y llanamente eso, pero haber
ridiculizado a Lamarck y su concepto de herencia adquirida nos impide
hacerlo. Es
más, el concepto de evolución de la síntesis teórica está,
actualmente, desechado. Esa forma de entender la evolución entraría
actualmente dentro de lo que se denomina microevolución, y siempre
estudiando los cambios que se producen dentro de una misma especie y,
por definición, evolución es explicar el proceso de cambio de una
especie a otra, es decir, explicar la especiación: cómo se produce,
a qué velocidad, qué mecanismos intervienen, etc.
Por
su parte el concepto de especie es algo que todavía está en
disputa. No hay un solo concepto de especie. Más bien existen
diferentes conceptos de especie para según qué queramos estudiar.
Esto es demostrativo de la idea que defiendo en este texto. No todos
los conceptos de especie nos van a permitir estudiar todos los
procesos evolutivos. Por ejemplo, el concepto biológico de especie,
introducido por Ernst
Mayr,
define la especie como un grupo de organismos que se reproducen entre
si y no con otros grupos, desarrollando diferentes mecanismos para
asegurar este hecho. Este concepto funciona bastante bien cuando
pensamos en la vida animal. No hay muchas especies animales de
renombre que produzcan híbridos fértiles cuando se reproducen entre
sí. Al menos, no producen organismos con una eficacia biológica tan
alta como los cruces entre individuos de la misma especie. Pero este
concepto falla estrepitosamente al definir la especie en el mundo
vegetal. Prácticamente todos los géneros de plantas con flor son
capaces de hibridar. Por ejemplo, el género Quercus
(encinas,
alcornoques, robles, etc.) es capaz de generar híbridos en todas las
especies. Y los híbridos no son peores, en principio, que las
especies ¿Solo existe una especie dentro del género Quercus?
Evidentemente, hay que usar otro concepto de especie. Por ejemplo,
podríamos usar diferencias genéticas para establecer un límite
numérico para considerar un grupo de individuos como especie. Este
es el llamado concepto genéticos de especie, pero
en botánica es mucho más común usar el concepto morfológico de
especie de Cain,
es decir, definir la especie atendiendo solo a las caracterísiticas
morfológicas heredables (todo el mundo puede diferenciar
externamente a una encina, un alcornoque o un roble y, también, a
sus híbridos).
Diferentes
conceptos. Diferentes formas de ver el mundo. Viendo
el panorama ¿No estaremos atravesando arenas movedizas cuando
estudiamos la realidad? Pese a lo imperfecto de nuestros sentidos y a
las lupas conceptuales con las que miramos la realidad, es evidente
que podemos aprehender algo de ese realidad pero, algo también es
evidente: no podemos escapar de la ideología, entendida esta como
conjunto de definiciones conceptuales que utilizamos para ver el
mundo (bucle infinito: no podemos dejar de caer en la paradoja de
estar restringidos por los conceptos al tratar de estudiar cómo los
propios conceptos nos restringen la visión de la realidad). Y,
precisamente, lo que aquí me propongo es reunir una serie de 6 ejes
que resumen la mayoría de las ideologías que la intelectualidad
humana ha producido en su historia. ¿Demasiado pretencioso? Es
posible pero, como siempre, caminaré a hombros de gigantes. Voy a
seguir la propuesta realizada por Philippe Corcuff, que
analiza la historia de las ideas políticas y las producciones de los
sociólogos a través de los ejes esencia/apariencia, uno/múltiple,
idéntico/análogo (1), idealismo/materialismo, subjetivo/objetivo e
individual/colectivo (2).
Cada vez que
miramos la realidad, lo vemos
a través de estos seis grandes espejos. Voy a materializar esta
abstracción de Philippe Corcuff utilizando los conceptos de especie
y de evolución. Pero hablemos primero un poco de estos ejes
ideológicos. I)
El
eje
Esencia/Apariencia
tendría
los siguientes extremos:
si
vemos
la realidad
tal y como es, dirigiéndose al fondo de la misma, comprendiéndola
desde todos los niveles
y puntos de vista, seríamos esencialistas, mientras que si
describimos, clasificamos y no vamos más allá, nos centraríamos en
la apariencia. II)
Los
extremos del eje Uno/Múltiple
serían
así:
Si
vemos la realidad bajo principios generales que tienen que tender a
generalizarse en un solo principio rector con el que podríamos
predecirla, seremos unificadores, mientras que, en el otro extremo,
podríamos concebirla con múltiples niveles y focos explicativos.
III)
el eje
Idéntico/Análogo o, en otras palabras,
reduccionismo
versus
irreductivibilidad,
no
necesita demasiada explicación: la realidad puede dividirse en
pequeñas porciones analizables por separado y reunibles de nuevo
para comprenderla (esto sería reduccionismo) o hay realidades no
analizables de forma correcta por partes porque la suma de las partes
en menor al conjunto (irreductibilidad). IV) El eje
Idealismo/Materialismo es un clásico, sobre todo en la historia del
positivismo y la ciencia: si, al estudiar la realidad, la analizamos
con un conjunto de herramientas conceptuales a las cuales no estamos
dispuestos a renunciar, seremos idealistas (la
idea está antes que la materia)
si
por el contrario, nos enfrentamos a la realidad realmente
sin
ideas preconcebidas conscientes, e interpretamos los datos que de ahí
obtenemos, seremos materialistas (la materia está antes que la
idea). V) El eje Subjetivo/Objetivo es otro clásico: si tomamos como
referencia para el análisis de la realidad, nuestra propia
existencia, seremos subjetivistas, si intentamos abstraernos lo
máximo posible de nuestras vivencias personales
y actuar de observadores imparciales,
seremos objetivistas. VI) por último, este eje,
Individual/Colectivo, hace referencia a si la realidad puede ser
explicada por la naturaleza de los individuos o entidades discretas
(individualismo) o si, por el contrario, la realidad tiene que ser
explicada desde la comprensión de todos los individuos o entidades
discretas y sus interacción (colectivismo).
Veamos
el intento que he realizado de adaptar estos ejes a un contexto
biológico y de filosofía de la ciencia.
Hay otros dos
ejemplos que me gustaría comentar, tanto por su importancia para la
biología, como para la filosofía de la ciencia, además de su valor
didáctica para mostrar ejemplos de los ejes tratados más arriba. La
consiliencia es un concepto que incorporó Edward O. Wilson a
la biología en su libro Consilience en
1998 (3), en el cual postula un mecanismo de compilación y
superposición jerárquica
de disciplinas que, acabaría, con la física como sumun
de todas ellas y como consiliencia,
es
decir, con la unidad del conocimiento.
Fue reseñado y analizado poco después por Stepehn
Jay Gould
en su libro Un
erizo en la tormenta
(4) en el cual analiza la dicotomía “unicidad del conocimiento vs.
Pluralidad del mismo” desde el punto de vista de la relación entre
humanidades y ciencias. Los ejes están claros aquí: un autor
postula la unicidad del conocimiento basada en la relación
jerárquica
de disciplinas (las humanidades someten sus principios a las ciencias
sociales, las ciencias sociales a la biología, la biología a la
química y la química a la física) resultando así la unión en
unos pocos principios de todo el conocimiento; el otro postula que,
pese a que puede haber relación e interconexión entre diferentes
disciplina, lo que hay, en muchas casos, son aspectos
irreconciliables y puntos de vista no reducibles los unos a los
otros.
Otro ejemplo
es el concepto de especie de Ernst Mayr.
El fue quien postuló el
concepto biológico de especie como mejor forma de afrontar el
estudio de las mismas pero, años más tarde, ha aceptado la
multiplicidad de conceptos
como una estrategia mucho más fructífera
para este fin. Y no solo en este aspecto, si no en la mayoría de las
ramas de la biología la unicidad es poco menos que un callejón sin
salida en el cual entras y avanzas pero del cual, tarde o temprano,
tendrás que salir y asumir cierta pluralidad en las formas que toman
tus conceptos en la teoría (5).
REFERENCIAS
- Corcuff,
P. (2008). Los grandes pensadores de la política: Vías críticas
en filosofía política. Alianza Editorial. Madrid (pág.
20-21). - Corcuff.
P (1995). Las nuevas sociologías. Construcciones de la realidad
social. Alianza
Editorial. Madrid (capítulo 1). - Wilson,
E. O. (1999). Consilience.
La unidad del conocimiento.
Editorial Galaxia Gutenberg. - Gould,
S. J. (2012). Un erizo en la tormenta. Ensayos sobre ideas y libros.
Editorial RBA. -
Mayr,
E. (2016). Así es la biología.
Debate.


